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Cuando la fe se convierte en un arma de destrucción personal

  • prensaromabrann
  • 23 ene
  • 4 min de lectura

Como periodista, paso mucho tiempo buscando la verdad en los pliegues de lo que llamamos realidad. Sin embargo, nada me preparó para atravesar uno de los momentos más decepcionantes de mi carrera, de mi fe personal. Mi propio quiebre dentro de una institución que debía ser refugio y terminó siendo humillación.

Hoy decido escribir esto no como un simple descargo, sino como un acto de supervivencia y de salud mental. No daré nombres de lugares ni de sotanas; no porque les deba protección alguna, sino porque al quitarles el nombre los convierto en lo que realmente son: un síntoma de un sistema enfermo que se repite en los altares.


Todo comenzó bajo la premisa del acompañamiento espiritual asistiendo a una parroquia barrial católica. Como diplomada en perfilación criminal, entiendo las dinámicas de poder, pero cuando uno busca consuelo, suele bajar la guardia, estar menos a la defensiva. Yo entregué mi vulnerabilidad y mis comunicaciones más íntimas a quien representaba una supuesta autoridad institucional, un cura de poca monta, pero que enervado de soberbia y aires de superioridad me hizo caer en errores graves que hoy lamento bajo la máscara de amiguismo y falsa humildad.


Confié y me engañaron.


El abuso de conciencia comenzó cuando lo privado se volvió público. Aquel que debía custodiar mis palabras las utilizó para sembrar discordia, mostrando mensajes privados enviados en un ámbito privado, a terceros para construir un relato de mí que me invalidara con clara intencionalidad. Fue una traición al fuero íntimo, una ejecución técnica de mi reputación ejecutada desde un lugar de supuesta superioridad moral. Un verdadero asco.


Buscando justicia comprendí la inocencia que hasta esta parte tenía sobre el mundo eclesiástico. Una ilusa. Acudí a las jerarquías superiores creyendo que la verdad documentada tendría peso. Sin embargo, me encontré con un muro de parcialidad absoluto. El intento de mediación ante la autoridad del obispado fue, en realidad, una emboscada de silencio y burocracia. Me llevaron a un terreno donde mi palabra valía menos que el prestigio de una parroquia, de una institución.


A pesar de las pruebas, a pesar del dolor expuesto y de la violación evidente de la privacidad, jamás recibí una disculpa. Ni una palabra de arrepentimiento, ni un gesto de humanidad básica. El sistema prefirió el silencio antes que el reconocimiento del daño. En ese mismo silencio, comprendí que para la institución yo no era una persona con derechos, sino un daño colateral que había que gestionar para proteger el status quo.


El trauma queda en la piel.

Las consecuencias no fueron solo administrativas; fueron devastadoras para mi salud. El estrés crónico de la traición se tradujo en síntomas físicos y psicológicos profundos que me paralizaron. Lo manifesté en mis reclamos, en mis denuncias. No les importó.

El cuerpo, que no sabe de jerarquías pero sí de heridas, comenzó a reaccionar. Lo entendí con una crudeza desgarradora tiempo después cuando pisé otra parroquia buscando un poco de paz y tratando de amigarme con la fe que había quedado destruida. Al relatar mi historia, el sacerdote que me recibió intentó abrazarme para contenerme ante mi llanto, pero mi cuerpo se hizo chiquito, pequeño, me encogí por puro instinto de supervivencia, con el miedo visceral de que ese abrazo, en lugar de sanarme, volviera a lastimarme o ser utilizado para humillarme. Fue ahí cuando comprendí el nivel de profanación que habían hecho de mi confianza. Me habían quitado hasta la capacidad de sentirme segura en un gesto de ternura. Este nuevo sacerdote me contó el mundo diferente, vio mi terror, mis errores, mis virtudes y humanidad. Y pronunció una verdad que yo no me atrevía a articular: ´´el hombre que te daño no está enamorado de Dios, sino del poder´´. En esa frase comprendí muchas cosas.


No obstante lo más demoledor no fue solo la jerarquía, sino el fenómeno de blindaje que le siguió en las bases. Vi con asombro cómo personas que llamaba amigos, allegados, con quienes compartí fe, charlas profundas y vivencias, giraron la cara. Ante la evidencia de la manipulación del clérigo, el grupo eligió la comodidad de la obediencia y la pertenencia por encima de la ética de la amistad. El juicio hacia mi persona, humillante, descarado.

Observé cómo se activaba el mecanismo de defensa grupal: para que el líder siga siendo santo, la víctima debe ser la conflictiva, la inestable, la exagerada, la desubicada. Ese blindaje fue total. Los mismos que antes ofrecían abrazos, ahora sostenían la puerta para que el victimario no tuviera que escuchar mis reclamos.


Como licenciada en periodismo y diplomada en perfilación criminal, suelo observar patrones, pero mi sesgo hasta ahora no me permitía evocar consciencia. Hoy, al tomar distancia, mi formación me permite diseccionar esta anatomía con una claridad que por momentos me congela, lo que viví fue un ciclo de manipulación de manual.


Pude identificar las banderas rojas que la confianza me impidió ver, la triangulación para generar conflictos entre terceros, el gaslighting institucional para hacerme dudar de mi propia percepción y la victimización del agresor cuando se ve confrontado. Mi sensibilidad (esa con la que a veces reniego tanto), sumada a mi formación técnica, es lo que hoy me permite ponerle nombre a la perversión de un sistema que utiliza lo sagrado para someter lo humano.


Pero mi salud mental es un territorio soberano donde ellos ya no tienen jurisdicción, ni la tendrán. Tampoco me interesa que un juez civil les diga lo que su propia ética debería haberles dictado hace tiempo. Mi sentencia por ahora es este texto, siempre mis armas fueron, son y serán mis palabras.


Abandoné una comunidad que creía abrazarme y dejé atrás a quienes prefirieron el blindaje sistemático, el juicio perverso, el silencio y el mirar para otro lado, antes que la contención. No perdí un hogar, gané mi libertad. Ellos se quedan con el templo, con el estatus y con su lealtad de lata. Yo me llevo mi dignidad, mi pluma y mi verdad. Porque al final del día, ninguna sotana tiene el poder de borrar quién soy, y ninguna institución es más sagrada que mi propia integridad.


Si sufriste alguna vez abuso institucional no te quedes en silencio. Escribime.


Roma V. Brann


Pic by Canva (2025)
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