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La voz que habita la parroquia

  • prensaromabrann
  • 19 ene
  • 2 min de lectura

La mañana llega con su luz suave. Subo las pequeñas escalinatas que llevan al hall de la parroquia y, como un pequeño ritual silencioso, dejo el desayuno a los chicos que viven en la intemperie frente a la puerta. El espacio parece contenerse en silencio, esperando.

Ya no soy la niña que venía de la mano de sus padres. Hoy camino como mujer que pregunta y cuestiona, que busca un latido propio. En el eco escucho oraciones y me acerco a los fieles: les pregunto de qué está hecha su fe, esa devoción que a veces yo no siento y anhelo descubrir, ¡que vengan, que me cuenten! Sus respuestas son miradas brillantes, palabras simples que hablan de un corazón lleno que yo no logro sentir.

Hay una señora que cada mañana me pregunta si quiero leer. A veces me animo; otras, aun siendo periodista, prefiero el silencio. Para ser sincera no entiendo del todo lo que dicen. Cuestiono intentando encontrar sentido lógico cuando quizás se trate de sentir.

La banda comienza a tocar. Los arpegios me trasladan a un lugar que siento conocido, como si ya hubiera estado allí en otro tiempo. Me descubro rodeada de desconocidos cuyo amor se percibe en el aire; como un abrazo invisible. Aun así, mi corazón sigue duro, quisiera que por fin se ablande.

Cada tanto me siento demasiado rígida. Todos abren sus brazos, cantan y se entregan, mientras yo me miro y me encuentro cerrada, como en un acto de defensa, temiendo que alguien me lastime. Son memorias de una niña que tuvo miedo… y que hoy vuelve siendo mujer. Soy contradictoria en cuanto a mi sentir allí. Me lo permito.

De vez en cuando siento enojo hacia Dios, grito mentalmente mi frustración, mi súplica por escucharlo y sentirlo cerca. Pero incluso en ese enojo hay un hilo de esperanza, una búsqueda de conexión sincera.

Cerca del altar, hay una señora muy enérgica de pelo corto que anota saludos y pedidos para que el párroco los lea. Su energía es contagiosa, y su entusiasmo hace que la iglesia se sienta viva y alegre.

El señor de boina y sobretodo largo me abraza cada vez que nos saludamos; no sé su nombre. También me cuesta abrirme y dejarme abrazar, pero son esos gestos los que dibujan calidez entre los bancos y las velas.

Y luego está Vivi, la voz de la parroquia. Ella te da la bienvenida y te abraza con su voz, de sonrisa cálida y preciosa. Ella es palabra e invitación, es dulzura y es fe.

De regreso a casa abro el álbum familiar. Encuentro las fotos de mamá y papá casándose en esta misma parroquia. Las miro largo rato: todo a mi alrededor sigue casi intacto. Quizás volver es volver a ellos después de haberlos perdido. Quizás todo se trate de eso.

Cierro los ojos y rezo pidiendo sentir algún día esa cercanía tan íntima con ese Dios, con esa fe, con esa esperanza y devoción. Y en ese instante, en el silencio después de todo, encuentro magia: una chispa que no necesita prueba, solo presencia, solo paciencia.

Roma V. Brann



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